Vamos de paseo. Pi, pi, pi...




Pero este panadero (que ni fía ni da, ni presta) alquila una moto, y nosotros buscamos una.

Y con ella recorremos el borde de la isla, y su interior también. Bajo un sol implacable pero, que con la brisa en marcha, se vuelve agradable.


Baños, y de vuelta a la moto, a seguir dando vueltas, para dar la vuelta.


Agua transparente, e isleños negros que hablan criol. Y uno piensa que hablando español, e inglés, incluso un poco de francés, será fácil entenderlo. Pero no. No se entiende una mierda de esta versión Spanglish del me estás estresando.
Playas, rocas, cooperativas de pescadores, y fanatismo religioso: baptistas, adventistas, católicos, testigos de Heová... Para todos los gustos en este claustrofóbico paraíso. Sólo se puede salir en avión, y el billete cuesta una fortuna para esta gente que vive del aire.

Para los ateos también hay escapatoria: drogas, también para todos los gustos. Y el problema social que generan la marihuana, la coca o el bazuco.

Descubrir un lagarto azul, ver babillas en una laguna fangosa, y libélulas rojas como farolillos en fiesta. Iglesias y vistas, y la moto que nos deja tirados. Y las maletas que se pierden, y la hora de la cena que también. "Yo les dije: ¡el desayuno es de 7 a 9, el almuerzo de 12 a 2, y la cena de 7 a 9! ¿Se lo dije, o no se lo dije? Ah, ¿ven?, ven como sí se lo dije." Sí, hija, sí.

Y, entre rones y arena, la luna aparece de pronto, para demostrar lo terrible de tanta luz artificial.

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