Escribo a solas frente al río, y fumo el primer cigarro acompañado de café. Intuyo que la Madre Tierra tiene su estación base por aquí.
Nos vamos, y estoy de mal humor. Pero nos despedimos de forma preciosa, acariciando por última vez el agua con los dedos. Qué cosa lo de no poderse aguantar las ganas de tocarla. Esta vez en Gamboa.
Llegar a puerto y llorar, desconsoladamente. Por primera vez termino un viaje con una pena grande, de esas que no caben dentro y echan todas las lágrimas afuera para ganarse un poquito de espacio.



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