12 días después

Tras la resaca de avión, el jet lag, el malestar provocado por la altura, el cambio de comida, y las duchas de agua fría que nos despertaban en el apartotel en el que hemos estado conviviendo como en un Gran Hermano, mi cuerpo empieza a sentirse mío de nuevo.



Parece mentira que en menos de dos semanas vea las calles de Bogotá, o al menos las de la pequeña zona por la que nos movemos, de forma absolutamente distinta. Descubrir una ciudad es un reto cada vez. Nunca me ha gustado la sensación de desorientación, no saber dónde estoy casi significa no saber dónde voy.

Recuerdo sentirme perdida por Barcelona la primera vez que estuve, y después, la alegría que me provocaba volver, y sentir que cada vez esa ciudad era más mía. Pasear con Alain en moto, y jugar a responder el nombre de las calles venciendo la tentación de mirar los carteles. Como si con cada respuesta acertada ganase un beso, o un premio dulce.

Recuerdo una tarde de agobio en Londres, sintiéndome terriblemente tonta mientas Isa me esperaba en casa con la cena lista. Yo había ido a visitar un piso, vivía de okupa en su cuarto, ese tan bonito de Cambridge Gardens que Tachín y ella convirtieron en un hogar. Y Perico me subió en un autobús rojo, que como en una película circulaba como loco por lo que a mí aún me parecía el lado erróneo de la calzada. Era de noche y llovía, y yo no sabía dónde debía bajar. Por fin el autobús paró, "last stop, lady". Y me baje, mareada y aturdida, en una encrucijada que me sonaba, pero que no acababa de localizar en mi mapa mental. Caminé un poco buscando un punto de referencia, y no lo encontré. Llamé a Isa, "me he perdido", yo, que me jacto de un impecable sentido de la orientación. "No sé dónde estoy...". Pero tenía claro dónde quería ir. Y me las arreglé, llegué, cené, y acabé riéndome de aquello. Y mucho más me reí a lo largo de los meses, cuando cada día pasaba por aquella encrucijada que no era otra que Notting Hill Gate.

La misma sensación de desconcierto tuve en el taxi que nos llevó al apartotel desde el aeropuerto. La misma durante los primeros paseos. Todo se me hacía raro, desconcertante. Y todo debido a la desorientación. Una desorientación más mental que física. Como dije, esta ciudad se rige por los cerros, y las carreras y las calles se ordenan en números, de forma que saber dónde está uno y hacia dónde debe dirigirse no tiene ningún misterio. Sin embargo, mi estómago se mareaba paseando por estas aceras tan altas de Bogotá. ¿Será por la lluvia que las hacen así? ¿Será la lluvia también la culpable de las zanjas, los agujeros, los pedruscos, la grava...?



Es domingo por la mañana, y en el mercado de las pulgas de Usaquén siete velas élficas me trasladan a un planeta por cada día de la semana. Y miles de chucherías llaman mi atención, como si fuera una urraca buscando brillos.

Y llenamos el estómago en una bombonera. Un restaurante loco para aficionados del Boca.



Primer día en la Ofecome. Y aún hoy tratamos de descubrir en qué consiste todo esto.

A mitad de semana el cuerpo pide un respiro. Cervezas en el parque de la 93, Bogotá Beer Company, reunión de expatriados españoles. Y de las cervezas al ron, y del ron al In Vitro. Y nos reímos a carcajadas, o me río a carcajadas, o se ríen de mí. ¿Qué importa?



Un viernes de rumba, a la colombiana. Cocktails en Anonimus, ron en Gavana, y más ron en Abajo. Y Pablo y yo toda la noche flipando, rodeados de colombianos que se dejan la piel por hacernos pasar una gran noche y enseñarnos a bailar merengue, salsa, ballenato y lo que suene. ¡Gracias! A Pablo el colombiano y a toda su panda.

Pero para unos españolitos como nosotros una noche de rumba supone un sábado con guayabo. Y digo guayabo como se dice por aquí, y no resaca, porque esta sensación no la había experimentado antes. Qué malestar, ¡joder! ¿Dónde está el aire?, ¿por qué late tan fuerte el corazón y se concentra cada latido en las sienes?, ¿por qué me duele tanto la cabeza!



Domingo de fútbol. Colombia-Brasil. Y de nuevo, nuestros anfitriones voluntarios nos agasajan con cervezas, aguardientico y ron. Música y juego, y ningún gol. Pero, para mí, lo de los goles era lo de menos.

Lunes de fiesta. Qué maravilla de calendario festivo que tienen en este país. Casi todas las fiestas se pasan al lunes. Fines de semana de tres días para regalar. Éste es el primero. Y el cuerpo sigue con guayabo. El taxi que nos lleva a la Candelaria remata la faena. Me ahogo, me ahogo.

En la plaza de Simón Bolívar una marea de manifestantes lo llena todo de blanco y rojo. Al fondo una orquesta pone ritmo caribeño a una mañana gris, como casi todas aquí. Y las palomas, que adoran las plazas, revolotean de un lado a otro. Quizás porque la gente no les de comida, no molestan tanto como otras. Por primera vez una bandada de palomas me provoca una sonrisa en lugar de una mueca de asco.

Y en un museo me enamoro de esa muchacha de Botero.

Subimos al cerro de Monserrate, y dudo seriamente sobre si mi cuerpo resistirá más altura. Todo parece más gris. Qué fea se me hace a ratos la ciudad.




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