Sonará vanidoso, pero en realidad es pura sorpresa lo que me obliga a escribir, así como una cierta incomodidad.
No siempre ha sido así, pero yo sé que soy mona. Me atrevería a decir incluso que tengo una cara bonita, y un cuerpo aceptable. Lo que no entiendo es que esa misma cara, y ese mismo cuerpo provoquen reacciones tan exageradas a este lado del Atlántico.
Me sorprende sobre todo porque estoy en Colombia, donde el regalo ideal para una niña de 15 años son unas tetas nuevas, cuando las “viejas” ni siquiera han acabado de crecer. Un lugar en el que las mujeres se empeñan en embellecerse (según parámetros que, lo siento, pero no comparto) para atraer a hombres que no responden con el mismo afán en aquello de cuidarse. Y no será porque no les haga falta. Y todo para que una vez logrado el objetivo, venga otra gata mimosa y se lo arrebate, o el tigretón de turno tenga tres o cuatro felinas a su merced. Te lo dicen todas las mujeres por aquí. Esto es injusto, ellas tan monas, y ellos tan monos; ellas tan tontas, y ellos tan listos; y la culpa, la tenemos las mujeres, por transigir con todo esto, que después de tanto tragar nos hemos perdido el respeto.
Todos me decían que con mi acento de española aquí resulto exótica, que se les hace más dulce (cuando a mí me parece más seco y macarra). Y supongo que mi carácter les parece exótico también, porque una se vuelve gata cuando quiere, pero no es gata cada minuto, y no se me va tampoco la vida en serlo. Creo que lo de marcar distancias, ser un poco más fría, y comportarme a ratos como si fuera un hombre, sin pudor a la hora de cagarme en la puta, o soltar todas esas lindezas malsonantes que tanto me gustan y que a menudo mi padre me pregunta si las aprendí en el colegio de pago o en la universidad, aquí les parece exótico.
Pero, cuando camino por la calle no hablo, no saben de mi acento ni de mis blasfemias, no saben, no saben, y sin embargo algo sienten. Porque me miran mucho. Y no son miradas de lascivia. Las cosas como son, que aquí te enseñan a bailar sin hacerte sentir incómoda, y son gentiles con las mujeres, aunque sea pura fachada porque luego se la peguen con otra u otras. Son miradas de curiosidad, de agradable desconcierto, en los ojos tanto de hombres como de mujeres. Como el que encuentra una margarita en medio de un campo verde. Yo también me siento distinta a las mujeres de aquí, pero, ¡me extraña tanto que se note a simple vista!
No siempre ha sido así, pero yo sé que soy mona. Me atrevería a decir incluso que tengo una cara bonita, y un cuerpo aceptable. Lo que no entiendo es que esa misma cara, y ese mismo cuerpo provoquen reacciones tan exageradas a este lado del Atlántico.
Me sorprende sobre todo porque estoy en Colombia, donde el regalo ideal para una niña de 15 años son unas tetas nuevas, cuando las “viejas” ni siquiera han acabado de crecer. Un lugar en el que las mujeres se empeñan en embellecerse (según parámetros que, lo siento, pero no comparto) para atraer a hombres que no responden con el mismo afán en aquello de cuidarse. Y no será porque no les haga falta. Y todo para que una vez logrado el objetivo, venga otra gata mimosa y se lo arrebate, o el tigretón de turno tenga tres o cuatro felinas a su merced. Te lo dicen todas las mujeres por aquí. Esto es injusto, ellas tan monas, y ellos tan monos; ellas tan tontas, y ellos tan listos; y la culpa, la tenemos las mujeres, por transigir con todo esto, que después de tanto tragar nos hemos perdido el respeto.
Todos me decían que con mi acento de española aquí resulto exótica, que se les hace más dulce (cuando a mí me parece más seco y macarra). Y supongo que mi carácter les parece exótico también, porque una se vuelve gata cuando quiere, pero no es gata cada minuto, y no se me va tampoco la vida en serlo. Creo que lo de marcar distancias, ser un poco más fría, y comportarme a ratos como si fuera un hombre, sin pudor a la hora de cagarme en la puta, o soltar todas esas lindezas malsonantes que tanto me gustan y que a menudo mi padre me pregunta si las aprendí en el colegio de pago o en la universidad, aquí les parece exótico.
Pero, cuando camino por la calle no hablo, no saben de mi acento ni de mis blasfemias, no saben, no saben, y sin embargo algo sienten. Porque me miran mucho. Y no son miradas de lascivia. Las cosas como son, que aquí te enseñan a bailar sin hacerte sentir incómoda, y son gentiles con las mujeres, aunque sea pura fachada porque luego se la peguen con otra u otras. Son miradas de curiosidad, de agradable desconcierto, en los ojos tanto de hombres como de mujeres. Como el que encuentra una margarita en medio de un campo verde. Yo también me siento distinta a las mujeres de aquí, pero, ¡me extraña tanto que se note a simple vista!



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