Contraste tal y como lo define el DRAE: oposición, contraposición o diferencia notable que existe entre personas o cosas. Y, por partida doble. Bogotá contrasta con Madrid, y contrasta en sí misma.
Frío y calor. Sol y lluvia. Y una todo el día vestida como una cebolla. Capas y capas, la manga corta, la manga larga, la capa de abrigo, la capa impermeable. Y todo para acabar sudada, sofocada, después con frío, y calada.

La 94 es una de las calles más pijas. Será por eso que los niños de los semáforos andan siempre por aquí. Con la cara llena de manchas, la ropa desarreglada, y los pelos revueltos. Y sonríen con ojos de adulto, será la falta de inocencia lo que los hace tan tiernos.Y no me consuela que unos estratos subvencionen a otros. El alcantarillado, agua, recogida de basuras, o la electricidad, son más caros en esta zona de la ciudad. El estrato seis, el máximo. A mayor número, más gasto. Y es que de esta forma, los ricos subvencionan a los pobres. O eso dicen, porque no creo que unos pocos pesos de más solucionen demasiado. El 50% de la población de este país es pobre. Si hablamos de pobreza de espíritu no sé cuál es la tasa. Pero me da miedo acostumbrarme a negar con la cabeza cuando se me acerca una persona que necesita ayuda, o dinero, o una sonrisa amable al menos.

Y me da miedo tener miedo. Pero supongo que es inevitable. Uno ha oído tantas cosas. A uno le dicen que si va con cuidado no le pasará nada. Pero al final, lo que tiene que pasar, pasa. Y no es que tenga ganas de vivir una aventura de riesgo, pero no quiero vivir tampoco en una jaula de cristal; y volver a España sin saber cómo es Colombia, o al menos, cómo es Bogotá. Pero si no pasa nada, por qué los militares y los polis, con decenas de uniformes y departamentos distintos, van todos con pistolas por la calle, con armas que yo sólo había visto en el cine. ¿Por qué los conductores de los camiones de transporte de fondos (os extraño F4) cargan también con metralleta, o en cada restaurante, centro comercial, bar, y tienda, un empleado de seguridad privada lleva a la espalda, o juega con una escopeta de lo que quiero creer son bolas de goma?
El amarillo inunda cada calle. Fue de las primeras cosas que nos sorprendió, mientras el avión aterrizaba, sólo veíamos miles de hormiguitas amarillas. Los taxis que nos llevan de un lado a otro de la ciudad por un euro o dos. También me producen una cierta desconfianza. Me da miedo cómo conducen. Cada trayecto es una montaña rusa, adrenalina en el estómago porque a cada quince metros parece que vayan a chocar. La circulación aquí es caótica y peligrosa. Conducen mal, muy mal, a base de acelerones y frenazos, con coches que no parece que sean capaces de aguantar las embestidas y los charcos, y las zanjas, y los peatones, y el resto de coches, y las busetas, y que paren donde se les viene en gana sin mirar el retrovisor por si el de atrás no va a chocar con uno. Y sin embargo, a pesar del miedo, aún no hemos visto ningún accidente.
Como peatón es casi más preocupante. No respetan señales, así que para cruzar la calle hay que armarse de valor. Es la ley del más fuerte, a ver quién aguanta más. Y uno se tira de la acera, y reza para no morir atropellado. Pablo ya ha demostrado sus dotes de torero de coches, él no morirá, Lluc y yo aún rezamos para no morir atropelladas.

Y en medio de tanto tráfico, y ruido, porque ésta es una ciudad ruidosa, las busetas van soltando un humo negro, que se mezcla con el polvo del aire que provocan las obras. Si al final tendré que dar gracias por que llueva cada día y el agua limpie un poco la atmósfera. Aún no he entendido bien cómo funcionan las líneas de las busetas, de dónde a dónde van, cómo lo sabe uno. Sólo sé que no hay paradas. Uno levanta la mano, y no importa los carriles que tenga que cruzar la buseta, que se te planta delante para que subas. Del color y la forma que sea, porque no hay dos iguales, e independientemente de la cantidad de personas apelotonadas que haya dentro. Ahora me río de los double-decker londinenses que te dejaban cagado de frío en la parada, seguían recorrido porque iban llenos, y te podías pasar una hora más esperando el siguiente. Aquí eso no pasa. Si es necesario uno se agarra de la barra de la puerta y va haciendo equilibrios desde la escalerita. Aún no me he sentido con fuerzas de probar. Todo esto es mera observación. Pero, el día menos pensado me subo a una buseta porque me parece todo un misterio.



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