La magdalena de Proust

Después de la llegada, después de pasar unos meses aquí y darse cuenta de que uno ya tiene una rutina montada, supongo que el siguiente paso natural es la primera visita.

Tener una prima azafata tiene sus ventajas. A veces te da sustos porque se estropean los frenos de un avión en el aeropuerto de Quito, pero a veces te da sorpresas y cambia su vuelo a Santiago de Chile por un vuelo a la fea Bogotá sólo para visitarme.

Y yo me paso todo el viernes nerviosa, esta noche llega... Qué raro, aquí, tan lejos de casa, tan lejos desde que llegué de todas mis rutinas, de mis sitios, de mis gentes.

Y suena el telefonillo, Ricardo, mi portero el correcto (otro día hablaré de mis porteros, Ricardo el correcto y Carlos el risueño) anuncia la llegada de la señorita Elena. Ay, ay, ay. Y abro la puerta aunque sé que el ascensor aún no ha llegado, y apoyada en el marco de la puerta, por si acaso me desvanezco, espero. Una campanilla me dice que las puertas del ascensor se van a abrir, y efectivamente se abren, y del ascensor sale Ele cargada con dos bolsas. Al verla se me llena la tripa de emoción, e incluso los ojos de lágrimas. ¡Hola!, me dice con alegría, Ay, Ele, ¡qué fuerte!, le contesto mientras me cuelgo de su cuello. A la pobre no la dejé ni entrar, ni soltar las cosas, ni nada, yo me colgué del cuello unos segundos, y cerré los ojos. Entonces todos los olores que traía y que yo conocía tan bien me abofetearon el cuerpo. Primero su olor, el de Elena; pero cuando conseguí apartarlo me di cuenta de que, además, traía consigo el olor de su madre; y el olor de la madre de su madre, mi abuela; y el que me dejó absolutamente fuera de combate, el olor de MI madre. Las bolsas traían ropa, ropa inundada de mi madre. Y yo sacaba cosas, sin poderme fijar bien en qué era lo que tenía entre las manos, porque los ojos estaban borrosos, y toda mi energía se concentraba en las fosas nasales. Inspiraba, mamá, olisqueaba como los perros en busca de un rastro, mamá, respiraba profundo como el que inclina hasta la vertical un vaso buscando la última gota de alcohol. Mamá.

Otra mujer nos acompaña. Billie Holiday por duplicado: en un cuadro bicolor, el que Juan me regaló antes de venir y no pude traer conmigo (¿Qué necesitas que te mande? me preguntó mi madre. Las pastillas de las rodillas, y el cuadro de Juan, Mamá); Billie también en un libro, el regalo de Ele, una gran sorpresa, la biografía de una gran dama. Y yo, que estoy descubriéndome cada vez más mitómana creo que mi prima no podría haber encontrado un regalo que me hiciera más ilusión.

A la mañana siguiente cinco mujeres de excursión por Bogotá: Elena, Isabel (compañera de tripulación), Eva (becaria de Quito que también anda de visita), Lluc y yo.

El sol dibuja las cosas de colores distintos, para que mi prima vuelva a España y le diga a mi madre que Bogotá no es tan feo como yo lo pinto. Y la ciudad se ve inmensa desde Monserrate, y se ve bonita desde la Candelaria, donde comemos, paseamos, y soñamos viendo a las gordas de Botero. Por fin encuentro el afiche que tanto me gusta, un lorito verde en un patio con bananos.

Día de españolas, y noche también. Agotadas y satisfechas todas. Las de aquí por tener compañía, las de allí por descubrir una Bogotá nueva.

Para el domingo, varios clásicos preparados, mercado de las pulgas de Usaquén, donde yo creo que Lluc y yo somos conocidas como las locas esas españolas que pierden la cabeza cada vez que vienen; comida en Abasto; y... Sorpresa, Iberia se ha hecho un lío con tanta tripulación y Elena e Isabel deben volver a Madrid antes de lo previsto. Así que, con pena, me despido de Ele, y al tiempo me alegro de que haya de ser con prisas y así de repente, porque una ya se sabe las penas, y las despedidas no son plato de mi gusto.

Así que todos a mi casa, a tomar un café, charlar y esperar que llegue la hora de que Eva se tenga que ir.

Un finde distinto, que me ha sacado de la rutina bogotana, ni buena ni mala, pero en la que me faltan cosas de mi vida real. Y es que, desde que llegamos todos hemos construido vidas completas que nada tienen que ver con nuestras verdaderas vidas en España.


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