Un patio de calma

Al despertarme recuerdo que es verano en el hemisferio sur, que las sábanas de Encarni son verde manzana, y que Buenos Aires está ahí para mí. Una notita y un mapa, dos monedas para el colectivo y una sonrisa dibujada en el papel me dan los buenosdías junto al ordenador. Sólo echo de menos el bocata envuelto en papel de plata.

Mientras paseo la ciudad se me hace un sitio familiar. Tantas historias, tanta historia. Y me despierta de mi ensueño un constante goteo del cielo. Chof, chof... chof. Gotas sucias, de esas que esperan a acumularse para caer justo cuando pasas tú debajo del escape del aire acondicionado.

En pleno centro de negocios comemos en un patio de calma. Aquí parecen desaparecer las histerias bonaerenses.
Paseamos, nos contamos, nos abrazamos, y yo voy notando cuánto necesitaba esto.
Cenamos en soho, comida árabe en medio de una tormenta de verano. Vino y risas, y un conozco un colombiano de genes noruegos.
Risas y más risas. Y un momento cosmopolitan, que quedará en el recuerdo de los presentes. Ja, ja, ja.



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