Las cosas importantes no suelen suceder de sopetón. Se construyen poco a poco, como un rascacielos de pilares inmensos, para que a pesar del azote del viento, la lluvia o los temblores terrenales aquel edificio inmenso y extraordinario no se inmute.
Encarni y yo jugamos a ser arquitectas, y primero trazamos los esbozos, y después los planos, y en seguida nos pusimos a construir. Juntas, sorprendidas de lo bien y de lo rápido que funcionaba la construcción a dos manos.
Ya lo dije, Encarni es la Amiga inesperada que encontré en el CECO. Y es, sin duda, lo más bonito que me queda de aquellos meses. Imaginad cuán importante es para mí los que sabéis lo importantes que sois todos los demás.
Recuerdo el primer día que la vi. Una fuerza viva, una belleza salvaje, un cuerpo precioso que después descubriría era el de una bailarina a la que me muero de ganas de ver bailar. Ella hablaba con Kiko, y ejercía sobre mí ese tipo de fuerza de atracción inevitable que no me permitía parar de espiarla. Y, lo reconozco, me dio miedo. Me dio miedo por su energía, y sobre todo porque pensé que no me prestaría atención, mientras yo no paraba de prestársela. Pero me equivoqué. Enseguida empezamos a descubrirnos, y nos convertimos en el novio que ninguna consiguió tener durante los duros meses del principio. Y fuimos, sobre todo, cómplices en lo personal. Y cuando nos echábamos de menos, nos llamábamos; y cuando necesitábamos un respiro, quedábamos; y cuando necesitábamos consuelo, también; y cuando eran mimos, o ganas de birra, pues también. Así que nos convertimos en una especie de tandem inseparable. Lo más curioso es que nunca sentí que aquello acabara con el máster, no tuve miedo cuando apareció Javi, no tuve miedo de separarnos porque los pilares aquellos eran la hostia.
Y nos fuimos a Lisboa, y descubrimos juntas nuestro destino. Y saber que Encarni estaría en el mismo continente, aunque nos separaran más de 4.600km, a mí me hacía estar más tranquila. Y nos pusimos nerviosas juntas, y planeamos la partida juntas, y nos despedimos sin ganas, con mucha emoción, y sin querer pensar en que no nos veríamos más en mucho tiempo. Por suerte, hemos podido vernos. “Nena, ¿qué te parece si me voy a cumplir los 25 a Buenos Aires?”, y le pareció de puta madre. Y en Buenos Aires descubrimos que los meses habían pasado, pero nosotras seguíamos sin inmutarnos, ni el viento, ni la lluvia bogotana, ni el calor del verano bonaerense había dañado aquel edificio magnífico que hemos construido juntas. Es más, durante las noches de mi visita nos dedicamos a decorar cada planta de ese edificio, a hacer más sólidos los pilares, a embellecer la fachada, y a querernos y cuidarnos más si aún cabía.
Niña, te quiero. Gracias por estar ahí.
Encarni y yo jugamos a ser arquitectas, y primero trazamos los esbozos, y después los planos, y en seguida nos pusimos a construir. Juntas, sorprendidas de lo bien y de lo rápido que funcionaba la construcción a dos manos.
Ya lo dije, Encarni es la Amiga inesperada que encontré en el CECO. Y es, sin duda, lo más bonito que me queda de aquellos meses. Imaginad cuán importante es para mí los que sabéis lo importantes que sois todos los demás.
Recuerdo el primer día que la vi. Una fuerza viva, una belleza salvaje, un cuerpo precioso que después descubriría era el de una bailarina a la que me muero de ganas de ver bailar. Ella hablaba con Kiko, y ejercía sobre mí ese tipo de fuerza de atracción inevitable que no me permitía parar de espiarla. Y, lo reconozco, me dio miedo. Me dio miedo por su energía, y sobre todo porque pensé que no me prestaría atención, mientras yo no paraba de prestársela. Pero me equivoqué. Enseguida empezamos a descubrirnos, y nos convertimos en el novio que ninguna consiguió tener durante los duros meses del principio. Y fuimos, sobre todo, cómplices en lo personal. Y cuando nos echábamos de menos, nos llamábamos; y cuando necesitábamos un respiro, quedábamos; y cuando necesitábamos consuelo, también; y cuando eran mimos, o ganas de birra, pues también. Así que nos convertimos en una especie de tandem inseparable. Lo más curioso es que nunca sentí que aquello acabara con el máster, no tuve miedo cuando apareció Javi, no tuve miedo de separarnos porque los pilares aquellos eran la hostia.
Y nos fuimos a Lisboa, y descubrimos juntas nuestro destino. Y saber que Encarni estaría en el mismo continente, aunque nos separaran más de 4.600km, a mí me hacía estar más tranquila. Y nos pusimos nerviosas juntas, y planeamos la partida juntas, y nos despedimos sin ganas, con mucha emoción, y sin querer pensar en que no nos veríamos más en mucho tiempo. Por suerte, hemos podido vernos. “Nena, ¿qué te parece si me voy a cumplir los 25 a Buenos Aires?”, y le pareció de puta madre. Y en Buenos Aires descubrimos que los meses habían pasado, pero nosotras seguíamos sin inmutarnos, ni el viento, ni la lluvia bogotana, ni el calor del verano bonaerense había dañado aquel edificio magnífico que hemos construido juntas. Es más, durante las noches de mi visita nos dedicamos a decorar cada planta de ese edificio, a hacer más sólidos los pilares, a embellecer la fachada, y a querernos y cuidarnos más si aún cabía.
Niña, te quiero. Gracias por estar ahí.
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