La sensación de que es la última vez que visito el Caribe, al menos por un tiempo, me invade y me atolondra. Nostalgia de un lugar en que me he sentido en casa. Tantos viajes, tantas playas, tantas gentes, y el mismo agua para bañarme y hacerme sentir más pirata que princesa.
Aunque me acompaña Ainara, Pablo me falta en este último viaje que cierra el círculo de los viajes dentro del viaje. Y es que me despido de Colombia de la misma forma en que me enamoré de ella, en Cartagena y en las islas del Rosario. Muchas cosas han cambiado en mí desde entonces. Donde hubo piel lisa en mi pierna y después una quemadura, hoy hay una cicatriz. También en el alma me llevo cicatrices, y el recuerdo de las caricias.
Gracias Caribe, por confirmarme cuán pirata soy de tus aguas, ya fuera rodeada de costeños negros y morenos, de wayúus, de jamaiquinos, de las piedras titánicas del Tairona, de la historia de ciudades atacadas por bucaneros, de sol y bochorno, de calor y lluvia, de aguas cristalinas y caracolas marinas, de peces de colores y estrellas rojas, del viento cargado de cuentos que una vez me hizo sentir que yo también era costeña en Taganga.



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