Isla pirata

Como si de una leyenda se tratara, nos contaron que cerca de San Andrés se escondía un tesoro montañoso, las islas de Providencia y Santa Catalina. Para mayor justificación de este viaje, dicho paraíso caribeño fue el refugio, por un tiempo, de un terrible corsario, el pirata Morgan.


Para llegar debíamos abordar dos naves, una nos llevaría de Bogotá a San Andrés, la segunda, más chica que la primera, de San Andrés hasta la misma Providencia. Como pájaros colosales, ambas cruzaron los cielos con las panzas llenas, y nosotros dentro en un viaje insólito. Sobrevolamos las montañas colombianas, sus eternas nubes, y al levantar los ojos del libro descubrí que sobrevolábamos un pedazo de tierra que separa dos océanos, el Atlántico y el Pacífico independizados por la insignificante franja que parece Panamá desde el cielo. 


En San Andrés sucumbimos al calor, los cuerpos y los pensamientos estaban abotargados, y la espera para el segundo abordaje prometía ser demasiado larga. Por suerte el agua tibia de una playa cercana y ya conocida calmó los sudores, y la comida del Café-Café, sació una vez más los estómagos hambrientos propios del viajero.

Sobrevolamos después aguas cristalinas, y hasta nos pareció ver relucir monedas de oro en algún fondo, peces de lentejuelas en otro, y quedamos hipnotizados por los siete verdes y azules de estas aguas transparentes.

De nuevo el calor al llegar a puerto, y de nuevo las ansias de estas aguas tibias que guardan la historia que envuelve estas islas. Olvidada por los españoles que como un novio esquivo sólo les prestaron atención cuando otros también lo hicieron, y aprovechada por ingleses y holandeses que cultivaron en ellas todos los frutos conocidos por el hombre, por bucaneros que hicieron de ellas su base de operaciones, por antiguos esclavos que tomaron el nombre de sus amos tras verlos marchar, y después, olvidada de nuevo por Colombia, que como España, se fijaba poco en ella salvo cuando Nicaragua reclamaba su soberanía.

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