Aquel día de calor insoportable eran dos los tripulantes del ciclomotor rojo que recorrió en círculos el litoral de la isla, varias veces, muchas veces, como en un viaje de inercia radial.
El capitán era un hombre joven, que apenas estrenaba la actitud de quien se acerca a la mayoría de edad, y sin embargo manejaba el timón como si desde su misma concepción hubiera sido programado para ello.
La vigía, una mujer, joven también, que utilizaba un catalejo negro al que llamaba Genoveva, que emitía un chasquido y guardaba imágenes en una pantalla de agua de colores cada vez que la mujer deseaba registrar algo, como un topógrafo que tratara de dibujar las costas de la isla hacia dentro.
El capitán era un hombre joven, que apenas estrenaba la actitud de quien se acerca a la mayoría de edad, y sin embargo manejaba el timón como si desde su misma concepción hubiera sido programado para ello.
La vigía, una mujer, joven también, que utilizaba un catalejo negro al que llamaba Genoveva, que emitía un chasquido y guardaba imágenes en una pantalla de agua de colores cada vez que la mujer deseaba registrar algo, como un topógrafo que tratara de dibujar las costas de la isla hacia dentro.
En su travesía cíclica, encontraron playas de arenas finas y claras, de aguas diáfanas, y palmeras dobladas que tentaban toda ley de gravedad. Creyeron haber descubierto un pedazo de mundo recién nacido, y quisieron explorarlo.
Entre vueltas y paradas, lucharon contra asfaltos levantados, cuarteados, rajados, maltratados, o inexistentes. Conocieron iguanas que absorbían la fuerza del sol recostadas en ese mismo asfalto, o sobre piedras cercanas; livélulas negras que les revelaron el punto exacto en que se encontraba una playa fantástica; y arañas monumentales que habían tejido con paciencia sus propios hilos en los del tendido eléctrico. Las caracolas inmensas que guardan el canto del mar estaban dispersas por todo el camino, en el agua, la tierra, o la fachada de las casas. Los cangrejos violinistas retaron con su pinza desproporcionada a ambos piratas, alzándola como trazando un arco, manteniéndola unos segundos en alto, y después desdibujando el arco para volver a empezar.
Descubrieron que sólo las montañas eran tierras vírgenes. Y que ese mismo litoral que ellos recorrían escondía en cada recodo un isleño moreno, en cada giro una casa, en cada esquina una mesa de dominó con cuatro jugadores, en cada vuelta motocicletas cargadas hasta el límite de lo posible (descubrieron entonces que a su ciclomotor rojo aún le faltaba gente), en cada ángulo encontraron gallinas, y sombras entre las que resultaba difícil encontrar los cuerpos camuflados que huían del sol.
Entre vueltas y paradas, lucharon contra asfaltos levantados, cuarteados, rajados, maltratados, o inexistentes. Conocieron iguanas que absorbían la fuerza del sol recostadas en ese mismo asfalto, o sobre piedras cercanas; livélulas negras que les revelaron el punto exacto en que se encontraba una playa fantástica; y arañas monumentales que habían tejido con paciencia sus propios hilos en los del tendido eléctrico. Las caracolas inmensas que guardan el canto del mar estaban dispersas por todo el camino, en el agua, la tierra, o la fachada de las casas. Los cangrejos violinistas retaron con su pinza desproporcionada a ambos piratas, alzándola como trazando un arco, manteniéndola unos segundos en alto, y después desdibujando el arco para volver a empezar.
Descubrieron que sólo las montañas eran tierras vírgenes. Y que ese mismo litoral que ellos recorrían escondía en cada recodo un isleño moreno, en cada giro una casa, en cada esquina una mesa de dominó con cuatro jugadores, en cada vuelta motocicletas cargadas hasta el límite de lo posible (descubrieron entonces que a su ciclomotor rojo aún le faltaba gente), en cada ángulo encontraron gallinas, y sombras entre las que resultaba difícil encontrar los cuerpos camuflados que huían del sol.
Y se dejaron seducir por la simpatía afrocaribeña, por el movimiento pesado de los cuerpos con calor, por el ritmo suave del reggae, por la brisa sin cascos, por las aguas calientes, y los fenómenos visuales con que se encontraban después de cada parpadeo.



1 comentarios:
Guau, no imagino mejor final a esta aventura que ese viaje con tu hermano. Sigue disfrutándolo.
Besos.
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