Paquita

Paquita tiene nueve años, y en su vida pasan cosas extraordinarias.


Nació en Jovi, un pueblito del Chocó, tierra de palenques (lugar alejado y de difícil acceso en el que se refugiaban los esclavos negros fugitivos) y cimarrones (se decía del esclavo que se refugiaba en los montes buscando la libertad). Pero estos días sólo está en casa por vacaciones, acompañando a su madre, apodada Chocó, que anda trabajando de cocinera en la cabaña Ixtlán porque han llegado tres españoles a los que hay que alimentar, dos hombres y una mujer. Y es que, su familia vive ahora en Buenaventura, su papá es taxista, y su mamá se dedica a cuidar de ellos, de Paquita, su papá, y sus cinco hermanos, dos mayores y tres menores que ella.

Paquita pasa poco tiempo en Ixtlán, porque cuando hay turistas su mamá la manda a Nuquí con su tía. A Paquita lo mismo le da Nuquí que Joví que Ixtlán, porque tiene amigos y primos por todas partes, y sino, se acomoda en la hamaca de la cocina y se mece como si fuera un columpio mientras observa a su madre.






Paquita tiene dos cicatrices profundas en las rodillas. En la derecha, una línea gruesa de piel dura cruza en diagonal, de fuera a dentro, la protuberancia de su rótula. A los seis años Paquita estaba jugando con unos amigos a los naipes, y uno de los "pelados" se enrabietó, golpeó un vidrio, y uno de sus trozos fue a caer sobre la rodilla de Paquita. Le dolió mucho, claro, se le veía el hueso por todas partes.

Un año después, cuando ya tenía siete, jugando con su hermano con una cuchilla, ésta resbaló de las manos, y fue a clavarse con saña en la rodilla sana de Paquita, la izquierda. Y, de nuevo, los huesos se le veían tras la herida.

Aquellas heridas hoy son cicatrices, grandes y oscuras, porque Paquita es negra.

Hoy Paquita se despertó temprano, con el pelo todo inflado hasta que su madre lo trenzó. Se puso el traje de baño y estuvo en la hamaca de la cocina balanceándose mientras esperaba que los españoles se despertaran, desayunaran y se arreglaran. Una lancha vendría a recogerles para llevarles a Joví de paseo, y como Paquita tiene allá a sus amigas, decidió aprovechar la lancha y pasar un rato con ellas.

Por fin los españoles están listos, y la lancha del tío Tomás en la playa. Candelo les guía a todos hasta ella, y Paquita y él se sientan en la banqueta delantera. Ella pesa poco, así que mientras el barco se mueve, la mano derecha de Paquita se agarra con firmeza a la tabla sobre la que está sentada.

Al llegar a Joví todo el mundo saluda a Paquita y Candelo. Y una vez los españoles se encuentran con los remeros de las canoas, el mayor de los hombres le preguntan a Paquita si se quiere ir de paseo por el río con ellos. Paquita mira con los ojos muy abiertos y asiente.




Paquita, los tres españoles y los dos remeros flotan sobre el río Joví en una pequeña canoa. Ésta se desplaza por la superficie del agua impulsada por grandes palos que los remeros hunden hasta el fondo, poco profundo, y vuelven a levantar enseguida para volver a hundirlos un poco más allá. Los españoles miran, ríen y comentan. Y Paquita los observa sin pronunciar palabra, hasta que una mariposa amarilla vuela cerca de ellos, entonces toca el brazo de la mujer y le dice: "mire, una mariposa".

Al llegar la canoa a una bifurcación de aguas todos los pasajeros se bajan de ella, y caminan entre guijarros y aguas limpias para llegar a una pequeña cascada. Paquita se mueve con destreza por un suelo inestable y resbaladizo, mientras que los españoles son torpes, sobre todo la mujer, que necesita de tanto en tanto una mano que la ayude a mantener el equilibrio. Por fin llegan a unas pequeñas piscinas naturales donde el agua es retenida por momentos, para después seguir fluyendo hasta el mar. Los turistas deciden bañarse, y la española pregunta a Paquita desde el agua: "¿Te quieres bañar?". Esta vez Paquita se olvida de la timidez, sonríe a la mujer y se lanza al agua para caer en los brazos que la estaban esperando. Los hombres, más valientes, se tiran desde lo alto de una piedra a una piscina sin peligros. Paquita sabe que podría hacer lo mismo, pero a la mujer le da miedo, así que decide acompañarla.

Más tarde regresan todos a la canoa, y esta vez más rápido, porque no hay que remontar el río, vuelven a Joví, donde Paquita desaparece unos minutos para saludar a las amigas con las que vino a jugar. Tras recuperar a Paquita, el grupo inicial (los turistas españoles, Candelo y Paquita), se vuelven a encontrar con el tío Tomás, que los lleva de regreso a la cabaña de Ixtlán.



Mientras, la madre de Paquita, Chocó, se había pasado la mañana en la cocina preparando un delicioso sancocho de pescado. Después de almorzar, la sobremesa tiene lugar en las hamacas de la cabaña, y Paquita se vuelve a unir a los turistas porque andan revisando sus fotos, y a ella le gusta mirarlas, sobre todo aquellas en que alguien aparece en la imagen con cara de payaso.

Después los españoles quieren dar un paseo por las playas aledañas, y Paquita les acompaña también. Así que pasean por la arena negra los cuatro juntos, hasta que deciden parar y bañarse. Y juegan a salpicarse unos a otros, y a poner las manos bajo el agua y las piernas hacia arriba, una cosa extrañísima que después de varios intentos Paquita logra conseguir, más o menos.

Las nubes negras se habían ido acumulando en el cielo cercano, y para cuando salieron todos del agua, empezó a llover. La española se cubrió con telas rojizas el cuerpo, y Paquita la miraba fascinada. Cuando terminó consigo, la española cogió una nueva tela, azul, y en un momento hizo de ella un vestido para Paquita. Ya listas, todos caminaron de regreso a la cabaña, bajo una lluvia intensa y cálida, y sobre la misma arena negra de antes, ahora humedecida.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Todos sabemos que la vida de Paquita ha cambiado para siempre;
ahora quiere ser como esa turista loca que vino con una cámara y dos varones a su aldea...
Habrá que ver lo que le cuenta ahora a sus primos, de esa señorita que vino cargada de colores...
Luis

Anónimo dijo...

Amatxo!!

No me vas a cambiar por Paquita, ¿¿verdad??

Como dice Luis seguro que la vida de Paquita cambió para siempre, igual que la mia...
Ainara

javier p. dijo...

¿es posible que todos estos blogs iberoamericanos pierdan algo de lo que los caracteriza -algo de vida- cuando en octubre sus autores estén de regreso?

¿será posible esto? ¿puede suceder?