En Nuquí un pajarito (carpintero) nos aseguran que allá donde vamos es el paraíso. Así que, con ganas, nos vamos hacia el embarcadero. Allí esperamos a Marcos Salas y su lancha, que varias veces a la semana hace la ruta de un lado a otro.
Durante cincuenta minutos remontamos la marea, bordeamos la costa, y nos destrozamos el culo y la espalda con cada barrigazo de la lancha contra las olas. Y sentada al lado de Pablo, otra barriga, pegada a una mujercita embarazada de ocho meses. Los tres intuímos que ese niño será marinero, o saltimbanqui.
Al fin llegamos, y en la playa nos espera Candelo, mayordomo de Ixtlán, la cabaña de Robinsones (esta sí que sí), que nos acoge por unas noches, en lo alto de las rocas, frente al océano, y de espaldas a la selva. Magnífico.
Y si Candelo nos esperaba en la playa, Chocó (apodo de nuestra cocinera, pero nombre también del departamento en que nos encontramos) nos esperaba en la cocina para agasajarnos, nada más llegar, con una comida deliciosa.
Sin tiempo para digestiones, de vuelta a un bote, el de Tomás esta vez. Vamos en busca de las ballenas jorobadas, que andan por estas aguas cálidas pariendo y apareándose.
Para cuando empezábamos a pensar que era sólo una leyenda, aparecieron chorros de agua en la lejanía, como si de pronto se hubiera roto una tubería principal en el mar.
Lo cierto es que con el agobio de que se mojara la cámara, el vaivén de la barca, y que las ballenas aparecían y desaparecían entre el oleaje durante apenas un momento, yo vi poco, y no conseguí la foto que buscaba. Pero mi hermano sí disfrutó, sí oteó el horizonte como un vigía en busca de lomos o saltos, y sí las vió. Y a mí, con eso, ya me supo a satisfacción el paseo.
Durante cincuenta minutos remontamos la marea, bordeamos la costa, y nos destrozamos el culo y la espalda con cada barrigazo de la lancha contra las olas. Y sentada al lado de Pablo, otra barriga, pegada a una mujercita embarazada de ocho meses. Los tres intuímos que ese niño será marinero, o saltimbanqui.
Al fin llegamos, y en la playa nos espera Candelo, mayordomo de Ixtlán, la cabaña de Robinsones (esta sí que sí), que nos acoge por unas noches, en lo alto de las rocas, frente al océano, y de espaldas a la selva. Magnífico.
Y si Candelo nos esperaba en la playa, Chocó (apodo de nuestra cocinera, pero nombre también del departamento en que nos encontramos) nos esperaba en la cocina para agasajarnos, nada más llegar, con una comida deliciosa.
Sin tiempo para digestiones, de vuelta a un bote, el de Tomás esta vez. Vamos en busca de las ballenas jorobadas, que andan por estas aguas cálidas pariendo y apareándose.
Para cuando empezábamos a pensar que era sólo una leyenda, aparecieron chorros de agua en la lejanía, como si de pronto se hubiera roto una tubería principal en el mar.
Lo cierto es que con el agobio de que se mojara la cámara, el vaivén de la barca, y que las ballenas aparecían y desaparecían entre el oleaje durante apenas un momento, yo vi poco, y no conseguí la foto que buscaba. Pero mi hermano sí disfrutó, sí oteó el horizonte como un vigía en busca de lomos o saltos, y sí las vió. Y a mí, con eso, ya me supo a satisfacción el paseo.
Se hace de noche en la selva, y en el mar también. Y al calor de nuestras lámparas de parafina, y nuestras velas, se nos unen a las birras y al juego de cartas tanto Candelo, como una infinidad de insectos desconocidos. Los tres nos convertimos en niños que descubren el mundo, y analizamos con detalle cada especimen de estos dinosaurios invertebrados.



1 comentarios:
Cuánto me alegro por el chaval.
Y por tí que te alegra la alegría del chaval.
Soy incapaz de comprender cómo a alguien le puede hacer tanta ilusión ver a unos bichos tan grandes, de muy lejos y que sueltan agua por la espalda. Pero en fín, hay gente pa´to.
besos,
Luis
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